El siguiente caso resulta llamativo del punto de vista
de la presencia de un deseo inconciente de morir y de la experiencia de
desperzonalización que puede producirse ocasionalmente en relación con las
crisis de angustia, además de plantear un nuevo vínculo entre estas crisis y el
deseo de muerte. Si bien la joven de la que se trata confesaba el deseo de dormir
profundamente, rechazaba la idea de que pudiera tener también un deseo de
morir, o que ese deseo de dormir pudiera conectarse de algún modo con querer
morir.
Reportaba haber vivido una crisis de pánico con una
'disociación', diciendo que luego de experimentar los signos de angustia, como
la taquicardia y la sensación de ahogo, había tomado una micro desde donde vivía en uno de los cerros de Valparaíso y había ido a la playa Las Torpederas donde
se encontraba al momento del llamado. Si bien recordaba por completo el detalle
del recorrido, lo había vivido ‘como en tercera persona’, sin identificarse
como la protagonista de su experiencia ni la agente de su conducta, si no como
una observadora ajena y exterior de lo que sucedía, perdiendo de alguna manera
la sensación del control voluntario de la motricidad.
No sabía explicar bien por qué había ido justamente a
la playa de Las Torpederas, donde había recuperado el estado de conciencia
normal. Este lugar no parecía tener ningún rol significativo dentro de su
biografía ni ningún valor simbólico subjetivamente especial, por lo que podía
atribuirse aparentemente a algo indeterminado o fortuito, siendo intrascendente
por lo tanto para la comprensión y la intervención. Sin embargo el detalle del
destino concreto que tuvo esta conducta pudo dar una pista del sentido que ésta
tenía, dando la clave para la interpretación hipotética de lo que ocurría.
Se había acercado al sector
de un roquerío ubicado en el límite sur de la playa. Allí se encuentran los
restos de una gran formación rocosa, la que fuera dinamitada en los años 70, conocida
como 'Piedra Feliz', nombre que igualmente recogen algunos locales nocturnos
del puerto. El nombre alude cómicamente a que, por su altura y ubicación como un
precipicio hacia el mar, había sido utilizada durante años para un sinnúmero de
suicidios, lo que motivó tanto su denominación como su desaparición. Antaño
este peñón tenía una escalera de piedra tallada sobre la roca, la que permitía
alcanzar fácilmente su cima. Según dicen los poetas, las algas que se
amontonaban bajo ella al llegar al mar, invitaban como los brazos de un gran
pulpo a lanzarse hacia ellos.
Parece tener algo especial el morir en el mar como
elección del método. Es que la vida misma originalmente se habría producido en
esa gran masa líquida, tras lo cual los millones de años de evolución llevaron
hasta nuestra especie. En ese sentido la muerte en el mar aparece como un
retorno al origen y el cierre del largo ciclo de la vida. Como se sabe son
comunes los ritos funerarios acuáticos y suele ser un destino corriente luego de
las cremaciones, así como también el embrión encuentra ese mismo medio en el
útero.
El agua parece acentuar además lo que naturalmente se
produce con la muerte: materialmente la vida es disuelta en el gran soluto de
la Sustancia Universal y las partículas que un día conformaban al organismo se
redistribuyen en la configuración de otras realidades animadas o inanimadas.
2. Volviendo a la playa de Las Torpederas, habría sido el
deseo de morir el que parece por lo tanto haber tomado el control de la
conducta, orientando el traslado de la joven desde el cerro San Roque hacia la
Piedra Feliz. Este deseo no aparecía como conciente, de hecho siendo denegado
por la persona al referírselo. Sin embargo, había estado presente como
antecedente biográfico y en la actualidad sí se encontraba presente en la
conciencia el deseo de dormir largo tiempo sin despertar, al que parece común
poder asimilar en una gradiente de desarrollo o en una cadena asociativa con el
deseo de morir.
Ese rol del deseo de morir en cuanto a la orientación
de la conducta parece coincidente con que el recorrido hacia Las Torpederas haya
sido experimentado en la tercera persona de la despersonalización. Es que ésta
consiste en una alteración de la conciencia y, como vimos en este caso, la
conciencia se encontraba ajena a ese propósito de morir. Es decir que con la
despersonalización la conciencia mantiene igualmente una distancia hacia el
desarrollo conductual del deseo de morir, aún cuando este deseo se ha abierto
el paso hacia la ejecución motriz mediante la acción muscular.
Tal vez bajo ese mismo prisma pueda entenderse el
antecedente del desarrollo de angustia, el cual precedió en este caso al
episodio de despersonalización. Puede ser que la evitación de esa misma
angustia haya sido la que mantenía a distancia de la conciencia el deseo de
morir, o se relacione de algún modo con este motivo, y la angustia emergiera
ante el despertar de ese deseo por alguna circunstancia no esclarecida, propiciando
dinámicamente de algún modo el mecanismo de la despersonalización a
continuación.
Si bien la despersonalización en ese sentido, según
suele decirse, parece encontrarse al servicio de mantener una distancia ‘defensiva’
de la conciencia respecto de la experiencia del deseo de morir y la conducta
suicida, la conciencia también parece desligarse con ella de su rol corriente como
intermediaria entre el deseo y la ejecución motriz, quedando por así decir
fuera del espacio de decisión sobre el yo propio y del vínculo íntimo entre
éste y el control de la motilidad, dando lugar por lo tanto justamente al
cumplimiento de ese deseo.
3.Hace largo tiempo había observado que las crisis de
pánico guardan una relación íntima con la muerte y que, muchas veces, lo que
aparece como el temor de morir durante ellas, parece reflejar al mismo tiempo
el deseo de hacerlo, el que se encuentra ya sea de manera concomitante o
subyaciendo al testimonio de la persona. Aparentemente en este caso, de algún
modo relacionado con la despersonalización, ese deseo aparece materialmente en
la realidad efectiva como conducta de muerte, si bien interrumpida antes de su
fin.
Resultaría difícil precisar si bajo ciertas
condiciones puede llegar a cumplirse el suicidio consumado en el estado de
despersonalización, por la dificultad que parece presentar en ese caso la
autopsia psicológica, así como podría debatirse sobre si la conducta de
aproximación hacia la Piedra Feliz realmente hubiera podido tener ese desenlace, del
que se vio desviada tal vez por alguna circunstancia accidental, o bien parecía
destinada a esa misma interrupción de su curso, lo que dificulta también su
clasificación como un intento de suicidio propiamente dicho.
Aquí cabe observar que como
dijimos la piedra se halla dinamitada en la actualidad, por lo que ya no cumple
con las características que la volvían propicia para la caída al mar desde la
altura. En este sentido parece poder hablarse únicamente de una especie de
'realización simbólica' del deseo de morir, en donde el suicidio es aludido
solamente o 'representado' de alguna manera mediante símbolos, en este caso a
través de la conducta de acercamiento a la Piedra Feliz, sin que esa conducta
constituya realmente un intento de suicidio abortado antes de su término, si no
más bien un intento ‘simbólico’ por así decir.
También podemos agregar por último que igualmente es
posible observar una elección del método aún en la ideación inconciente de
morir, ya sea como realización simbólica o como intento abortado, la que no
aparece por lo tanto necesariamente como algo indeterminado en ese sentido, sino
en particular en este caso, como idea de arrojarse al mar, donde se combinan la
caída de altura y la asfixia.